La misma chica de cabello negro, con el mismo uniforme escolar y mochila roja, está de pie en un ángulo bajo en el centro de las ruinas del cañón, mirando hacia arriba. A cada lado, enormes paredes de roca coloridas convergen hacia el cielo, formando un arco natural, con pequeñas flores blancas y enredaderas verdes floreciendo en las grietas de las rocas. Encima de ella hay un cielo azul cobalto claro y nubes blancas y esponjosas, con cables eléctricos cruzando la imagen en diagonal. Las pinceladas gruesas son evidentes, y los colores son más brillantes y transparentes que en la obra anterior, con tonos de rosa, azul y verde. Las ruinas y la vitalidad coexisten, creando una sensación de aventura de verano soñadora y expansiva.